Si no llegas, no significa necesariamente que no te hayas esforzado lo suficiente.
Se lo escuché a Salvatore Sanfilippo (antirez) en un vídeo, hablando de lo que ocurre cuando un trabajo se desplaza cada vez más hacia la abstracción y las ideas. Cuanto más subes, menos gente hace falta. Y en algún momento el esfuerzo, por sí solo, deja de bastar.
Puedes estudiar más. Trabajar más. Mejorar de forma continua. Y aun así puede que no sea suficiente.
Porque cuando los puestos son pocos, lo que marca la diferencia no es cuánto te esfuerzas. Es cuán raro es el valor que consigues crear.
Esto es incómodo de aceptar. Estamos acostumbrados a pensar: «Si sigo mejorando, tarde o temprano llegaré».
Pero quizá la pregunta correcta sea otra: ¿en qué puedo llegar a ser tan bueno y tan raro como para que resulte difícil ignorarme?
Porque el salto no ocurre cuando empiezas a hacer más que los demás. Ocurre cuando empiezas a hacer algo que pocos saben hacer de verdad bien.
El esfuerzo te lleva adelante. La rareza del valor que creas decide hasta dónde puedes llegar.
